sábado, 18 de octubre de 2025

De admiración y diversión. Una breve historia de amor.

Cuando Ana y su familia perdieron a su padre, se mudaron cerca del Parque Saavedra. Allí transcurrió su infancia, entre juegos, risas y tardes interminables al aire libre. Muy cerca, del otro lado de la plaza, vivía Juan Carlos. Sin embargo, a pesar de la cercanía, sus caminos recién se cruzarían años más tarde, cuando ambos ingresaron a la facultad.

Ana era metódica, rigurosa y detallista. Aunque alegre y simpática, le costaba relajarse. Juan Carlos, en cambio, era todo lo opuesto: desordenado, pícaro, despreocupado y encantadoramente “vago”.

La Facultad de Medicina unió a dos mundos que, en apariencia, no tenían nada en común. Pero el amor, siempre impredecible, supo encontrar el punto exacto de equilibrio entre ellos.

Él la admiraba profundamente: su inteligencia, su temple y su capacidad para destacarse en un ámbito que todavía estaba dominado por los hombres. Ella, por su parte, amaba su alegría, su frescura y esa manera tan suya de ver la vida sin estructuras ni miedos, pero también sin excesos salvo el cigarrillo, pasión que compartían.

De esa combinación tan bella nació una historia que los acompañó toda la vida. Se casaron, tuvieron dos hijos y formaron una familia donde convivían con armonía la rigurosidad de ella y el desparpajo de él.

Durante casi cincuenta años se juraron amor eterno. Él se desvivía por hacerla feliz y cumplirle sus deseos; ella sabía comprender y aceptar sus impulsos. Juntos sacaban lo mejor del otro. Se potenciaban. Se hacían brillar, como lo hacen los amores más profundos y sinceros.

Con el tiempo, Ana enfrentó una enfermedad dura y prolongada. Juan Carlos estuvo a su lado en cada momento, cuidándola con una ternura infinita, incluso cuando el cansancio lo vencía. Finalmente, ella partió en paz.

Desde entonces, Juan Carlos intentó llenar su ausencia con el amor de sus cuatro nietos, que le devolvían algo de aquella alegría de niño que siempre llevó dentro. Pero los días eran largos, y la tristeza lo acompañaba. La extrañaba con el alma: su amor, su norte, esa luz que juntos habían creado, se fue apagando poco a poco en este plano.

Hoy, queremos creer que están nuevamente juntos, porque una historia de amor así no termina.

 

 

PD: Gracias tíos por tantos años juntos. Por ser tan generosos conmigo y mi familia. Por estar siempre. Nunca los voy a olvidar. Cuiden de Maga.

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