viernes, 14 de mayo de 2010

Al sol no lo podemos mirar, pero lo podemos sentir

Por algo nos cuesta ver el sol pero no otras estrellas. Mientras más cerca lo tenemos, más difícil mirarlo. El sol, ese ente brillante que nos ilumina los días y nos da calor, mientras más lo miramos más nos encandila y nos cuesta disfrutarlo. Lo miramos tímidamente ocultando nuestras ganas de verlo porque sabemos que nos haría mal. Su brillo, su encanto, no son fáciles de soportar. Podemos ver con nuestros propios ojos cientos de miles de estrellas, pero nunca el sol. Nos bloquea su candor y su esencia, y giramos en torno a él porque nos atrae con un cautivamente poder, y nosotros atontados, seguimos mirando otras estrellas porque al sol no lo podemos mirar a los ojos. Por eso intentamos verlo sobre el agua, porque el agua nos genera calma, y con la calma podemos verlo mejor. Pero nunca podremos elevar nuestros ojos tan alto como para mirarlo directamente. Así es el encandilamiento del amor. Nos atonta con solo mirarlo, y tenemos que correr los ojos de lugar si queremos ver, y ahí nos encontramos con otros amores, que no nos encandilan tanto, y podemos disfrutarlos llevando nuestra vida con su grata compañía, pero nunca nos darán la luz ni el calor que nos da el sol, ni nos dejarán atontados cada vez que lo miremos. Al sol no lo podemos mirar, pero lo podemos sentir… al amor también.

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